MANIFIESTO

"El arte es una aventura hacia un mundo desconocido,

que puede ser explorado sólo por quienes

están dispuestos a asumir el riesgo."

-M. Rothko & A. Gottlieb-

Siempre me he identificado con esa declaración de principios de Rothko y Gottlieb que, en mi opinión, trasciende su contexto (1943, fundamentos del Expresionismo Abstracto norteamericano), para establecer un necesario y atemporal punto de partida. ¿O acaso el arte no debería comportar siempre la sensación de riesgo ante lo desconocido para merecer dicha consideración? Sin embargo, en una sociedad sometida al pensamiento único de la mercadotecnia, lo habitual es la ausencia de reflexión, compromiso y búsqueda de nuevas fronteras, en favor de la dócil elaboración de meros productos de entretenimiento. Por ello, no puedo por menos que considerar el manifiesto de los visionarios pintores como un fiel indicador del rumbo a seguir en esta tormenta perfecta de likes, talent shows y banalidad generalizada.

Mi propio (y poco reseñable) camino en el arte obedece tanto a una curiosidad impenitente como a la necesidad de responder a un invencible impulso creativo. A lo largo de los años he desempeñado diversos oficios que incluyen incursiones en la moda, la artesanía de la madera o las obras marítimas. Hoy valoro esas experiencias como etapas de una búsqueda tras la cual eclosionó una vocación siempre latente. Nunca decidido por un área concreta, pruebo fortuna como escritor, actor, músico, diseñador..., no pudiendo considerarme sino un aprendiz en cualquiera de estos ámbitos. Interesado por igual en el conocimiento de los "antiguos" como en las posibilidades que ofrece la moderna tecnología, ocasionalmente doy forma a un verso no del todo desechable, o a la melodía de una canción. Y así, respondiendo a una imprevisible alquimia, algunos de estos elementos se han amalgamado para dar como resultado inclasificables proyectos escénicos, en una pugna constante  por tratar de ser etiquetado. Creo firmemente que lo mejor de mis ideas se gesta en el mundo de los sueños pero, al contrario que Coleridge, al despertar no recuerdo apenas nada.

No negaré tampoco mi identificación con los enigmáticos "hombres de placer" de la corte de los Austrias españoles. La figura de Pablo de Valladolid (protagonista de un antológico retrato de Velázquez) inspiró una presencia escénica que ha llegado a convertirse en mi alter ego. Ni me es ajena la idea de que no soy más que uno de esos personajes errantes que justifican su existencia por la necesidad de contar historias: nórdico Thulir, Rapsoda griego o Griot africano, también Bardo medieval y Bufón del Siglo de Oro. Por ello, si de algún mérito soy acreedor, es por prestar mi voz al eterno storyteller o cuentacuentos.

Hago mía, por tanto, la analogía del arte como vía de exploración hacia mundos desconocidos. Así debió ocurrir con las singladuras de los antiguos navegantes. Frente a ellos, vastos espacios inexplorados que los primeros cartógrafos denominaron como Terra Incognita. Se presumía que eran lugares habitados por unicornios, sirenas y basiliscos: hic sunt dragones. No muy diferente debió ser su fascinación a la que provoca en el artista el árido paisaje vacío de un papel en blanco, o la expectante negrura que se extiende frente al escenario.

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© 2019 José Ignacio Delgado